Belleza.

Cada mañana al despertar, salgo de mi cama y camino hacia el baño.  A veces transcurren solo algunos segundos; otras veces corren los minutos detrás de mí, mientras me observo en el espejo, como en un plano paralelo. Rápidamente llevo mi apariencia exterior a juicio, la halago y también la critico, y permanezco ahí hasta dictar la sentencia, más nunca la final, “no eres lo que el mundo llama

belleza”.


Cambios han edificado y destruido nuestro mundo actual, compuesto de palabras homófonas y homógrafas, por léxico literario, poético y científico, convirtiéndolo siempre en uno diferente día a día y en años, en uno completamente nuevo. Todo un diccionario y directorio que se encuentra en constantes modificaciones, mas siempre con un número y una dirección aclamada.
He visto personas perderse en el trayecto hacia ese lugar, otras he visto sentarse a llorar de frustración, algunas más han sido capaces de entender que no es lo que buscan y dar la media vuelta un tanto resignados, pero no tan dañados como los primeros.

Una de las palabras más buscadas por la humanidad en el diccionario de la vida, y pocas y raras son las veces que ha sido verdaderamente comprendida: b e l l e z a.
Si hay algo en el mundo que ha dado tantas vueltas como éste al sol, o incluso más, es el ser humano al concepto de la moda, la estética, la belleza. Y si hay algo que ha matado igual que las guerras, ha sido ésta. No ha matado a personas, pero ha mermado y muchas veces apagado, el brillo interno de individuos por intentar adoptar colores y poses que no vienen en su gama genética.

Muchos prefieren desbaratarse, e irse separando de pedazos que los hacen únicos  para así intentar caber en el molde establecido por la sociedad, que dicta la belleza.  Todo un abanico de colores recortado dejando un tono de piel como el ideal, un reducido espectro de opciones para un color de ojos, y medidas que cortan y maltratan nuestro cuerpo.

Tristemente hemos sido enseñados y hemos enseñado que una gran porción de nuestra autoestima se basa en ésta, por lo que cada vez es más acentuada la separación entre un alta y una baja consideración que se tiene de uno mismo.

¡Que pensamiento tan más hueco!

Elogiamos los bustos grandes y las cinturas reducidas. El estar delgada no es suficiente, claro que no, tanto que un cero no es suficiente y nos hemos visto alegremente obligadas a sumarle uno o dos ceros más a las tallas. La mujer se ha visto encandilada por este desfile, tanto que la etiqueta más grande que venimos cargando desde años atrás, es la de “fea” o “atractiva”, y claro, todas queremos ser atractivas.
Al reflexionar acerca de esto no puedo evitar pensar en lo hueca e inútil que es esta ideología tan alabada. Estando en pleno siglo XXI, en la era de la globalización, de la tan solicitada libertad e indiscutible inclusión, y aun así el sueño de las mujeres es llegar a ser etiquetada como bella, aunque muchas veces signifique latigar a nuestro cuerpo y dejar de ser nosotras mismas, con tal de cumplir con el inventado estándar.

Y no me mal entienda, querido lector, no hay ningún problema con querer ser atractivas y mostrar lo mejor de nosotras, el problema es que hemos adoptado y mal entendido, mal usado y discriminado el significado de la belleza en sí. Hemos hecho de éste un concepto tan superficial, bastante subjetivo, en absoluto útil, y por ende le hemos quitado gran parte de su verdadero valor, volviéndolo casi obsoleto.

Déjeme explicarle. Todos hemos ido alguna vez a un museo de arte, a una exhibición de pinturas, a un concierto, o a un recital de música o de danza, y al estar ahí hemos sido expuestos a una vasta variedad de piezas, algunas solamente cautivaron nuestra atención, otras robaron una parte de nuestro corazón, y otras se hicieron de un campo para albergar en nuestra mente para siempre. Algunas pudieron poner nuestros nervios de puntas, otras solamente dejamos que entretuvieran nuestra vista, pero jamás podremos decir que una es mejor que la otra, más fea o bonita, porque cada una fue hecha con diferente motivo, y para una personalidad, un tiempo o un contexto distinto al de nosotros o al que queremos formar. Y no está en nosotros decidir su valor por nuestros propios intereses, ¡pero que comportamiento tan egoísta, muy común del ser humano! Si alguien tuviera la culpa de estar mal o equivocado, en dado caso tendríamos que ser nosotros, siendo no lo suficientemente aptos para comprender aquella obra de arte y su mensaje sublime, su historia intrigante, que tiene por compartir con nosotros.

Al igual que una pintura, los seres humanos estamos hechos de lo mismo, solo que en diferente manera, y cada uno tiene su propio esencia, su propio ser. Hay rasgos y características que nos diferencian, y no es que uno sea más o mejor o más bello que el otro, es simplemente que cada uno expresa su naturaleza de una manera diferente.

Somos complicados, y nuestros significados suelen variar ante aquella persona que nos observa, y aun así, aquel significado obtenido variará en la misma persona, porque no siempre seremos vistos desde la misma percepción de la sala. Somos imperfectos a toda ciencia, y razón por que no tenemos un patrón, no contenemos líneas que definan el cambio de un color hacia otro. Somos una mezcla de tantos colores que llevaría mucho tiempo saber cuántas tonalidades tenemos en total. ¿Qué es lo que nos hace ser tan diferentes de las otras pinturas, si muchas veces contenemos los mismos colores, o estamos exhibidos en la misma sala de esta galería?

Nuestra genética, nuestro brillo, su intensidad y la dirección a donde se dirige. Nuestros valores, ideales, audacias, temores. La mezcla de todo esto con nuestros ya establecidos claro-oscuros por nuestro hogar y las experiencias vividas y las que hemos de vivir. Todo esto hace una gama infinita de posibilidades de tonos, sumándole la fuerza con que apoyemos el pincel, creando trazos gruesos o finos, delicados o explosivos. Eso es lo que nos hace diferentes, con diferente propósito, dejando un diferente sabor de boca para quien nos degusta, pero con el mismo derecho de permanecer en la sala donde estamos, brindándole una razón más para llamar a nuestro mundo como uno diverso y colorido. En fin, hermoso.

Dedicamos tanto tiempo en cuidar de nuestro cascarón, que descuidamos la vida que yace dentro.
Maquillemos nuestro rostro con una sonrisa genuina que venga desde el fondo de nuestro corazón y contagiémosla a alguien. Portemos perlas de pureza y de integridad, que sean originadas en nuestro pensar, sobrio con elegancia. Que nuestro escote sea una mente puntiaguda y audaz. Que los colguijes en nuestros brazaletes demuestren cada uno una buena obra para la sociedad. Hagamos de la belleza un concepto que no se pueda ver a simple vista, si no uno que pueda sentirse y apreciarse con el paso del tiempo, a fin y al cabo somos productos de éste y de lo que hagamos con él. Nuestra cara se arruga, nuestra piel se vuelve flácida, el cabello pierde su color original y adopta uno cenizo. Nuestra tenacidad disminuye mientras que aumenta la rigidez de nuestros movimientos. ¿Es aquí donde la belleza termina?

No para mí. Al ver a mis abuelas veo belleza en su esplendor. Sus rostros se ven envejecidos, pero en esta etapa de su vida ha sido esencial para que su brillo y la calidez de su interior sobresalga y destaque sobre aquel rostro joven y piernas bien torneadas que un día fueron parte de sus características. Sus rostros se ven envejecidos, pero sus almas y sus corazones están mucho más llenos de vida.

Redefinamos el significado de estética, dejemos que cumpla su deber, siendo la disciplina que investiga las condiciones de lo bello en el arte y en la naturaleza, cosa que el ser humano pasa a ser ambos. La belleza es un reflejo de nuestro ser interno, no vista, pero apreciada mediante su irradiar.

Veo diferentes nacionalidades, diferentes orígenes, diferentes contextos: familiares e históricos. Veo tallas grandes y chicas, complexiones delgadas y gruesas. Veo imperfecciones, inmadurez, miedos y veo vallas. Pero también veo resiliencia, solidaridad, humanidad y fuerza para romper todo obstáculo que irrumpa nuestro camino, y valentía para quebrar moldes y estereotipos que han sido encadenados a nuestra piel y a nuestra alma.
Veo el deseo de adquirir más y más conocimiento, de participar en todo lo que involucra al lugar donde nos desarrollamos. Veo ganas, sudor, y lágrimas, porque crecer nos duele: física, mental, moral, espiritual y socialmente.
Y veo también como prosperamos, como vamos logro tras logro. Y en todo esto, veo una obra de arte, hermosa y perfecta, veo cada mujer del mundo, y estoy tan agradecida en formar parte de este cuadro.

Cada mañana al despertar, salgo de mi cama y camino hacia el baño, donde me preparo para ducharme.  A veces transcurren solo algunos segundos, otras veces corren los minutos detrás de mí, mientras me observo en el espejo, como en un plano paralelo. Rápidamente llevo a mi apariencia exterior a juicio. La halago y también la crítico, y permanezco ahí hasta dictar la sentencia final: “No eres lo que el mundo llama belleza…
y eso está bien, porque no quieres serlo. Tú quieres ser feliz. Libre. Espontánea. Natural.
Tú quieres ser tú.»

Dedicación especial- 
Ana Paula, Valeria,  Andrea P., Andrea M., Ianna, Ivana, Ana Lety,  Jimena, Sarita, Michelle y Adriana, Izamar y Leslie, Jessica y Sarahí, Vanessa, Fernanda e Ivana, Pamela y Ana B., Madelcy, Katia V., Larissa, Vane, Alma, Claudette, Mariela, María Fernanda, Katya, Ximena, Fer y Cass, Cristhel, Sam, Mary y Fer, Jennifer, Gemma, María Karen, Zulema, Karen y Danna, Ana Sofía, Pau R., Adi, Paola, Shigemy, Diana, Madai, Karla, Alma, Abril, Jared, Elena, Stephanie,Denisse, Paloma, Azucena, Lorena, Jaqueline,Mayra, Ilse, Abril G., Sofia, Camila y Estefanía, Alexa, Julia y Martha Paola:
Que la belleza de ustedes no sea solamente la externa, que consiste en adornos tales como peinados ostentosos, joyas, oro, piedras preciosas y vestidos lujosos. Que su belleza sea también la incorruptible, la que procede de lo íntimo del corazón y consiste en un espíritu suave y apacible.